• 25 FEB 14
    Cuando “Vete a tu cuarto” deja de ser un castigo, y se convierte en un problema.

    Cuando “Vete a tu cuarto” deja de ser un castigo, y se convierte en un problema.

    En Japón existe un fenómeno social de gran envergadura, que afecta a jóvenes y adolescentes. Se le denomina con el sonoro término de Hikikomori, que significa apartarse, estar recluido.
    En una sociedad con un alto grado de competitividad y exigencia, estos jóvenes deciden aislarse del mundo y encerrarse en su habitación. En casos extremos, no salen ni para comer durante años. Interrumpen la comunicación con el exterior de forma total o la reducen a un mínimo, manteniendo contacto sólo con su familia. Viven entre videojuegos, internet y televisión, durmiendo de día y permaneciendo despiertos la mayor parte de la noche. La conexión virtual les permite mantener exclusivamente relaciones on line.

    En España la situación no es tan alarmante, aunque cada vez con más frecuencia encuentro casos con estas o parecidas características, que aparecen como fenómenos aislados y suelen ser abordados de puertas para adentro: jóvenes que se niegan a volver al instituto y se encierran en casa. Parece que de pronto deciden apartarse del mundo y recluirse, acompañados del ordenador, el móvil y el televisor, nueva especie de monjes tecnológicos de nuestro tiempo. También nosotros vivimos en una sociedad altamente competitiva; también se establecen unos estándares de excelencia para los que algunos jóvenes no se sienten preparados. En estos casos, el entorno puede ser visto como algo amenazador u hostil ante lo que se encuentran sin recursos.

    Tiempo-Internet

    Este aislamiento no sucede de la noche a la mañana, y a menudo tiene que ver con dificultades en la etapa escolar o universitaria. Con frecuencia son personas que no se sienten capaces de desenvolverse con éxito en los estudios (o en el trabajo, puesto que este fenómeno no se circunscribe sólo a los años de escolarización). En muchas ocasiones han sufrido acoso por parte de los compañeros, y tienen escasas habilidades sociales, pero su comportamiento no es debido a una enfermedad o trastorno mental. Puede existir un factor de adicción a las nuevas tecnologías, aunque esto no explica la totalidad del fenómeno.

    En cualquier caso, el permanecer en esta situación de aislamiento pasa necesariamente por la condición de tener unos padres o familiares que la mantienen. Padres que no pueden entender lo que le pasa a su hijo, pero de los que poco a poco se va apoderando el miedo. ¿Qué va a pasar si dejan de permitirle ese comportamiento, si no le proporcionan lo que necesita, si lo obligan a salir para abastecerse o simplemente para ducharse? Tampoco suele dar buen resultado arremangarse y pasar a la acción, recurriendo a una postura de fuerza. Para la familia no resulta fácil dejar de apoyar su conducta, de modo que la vida se detiene y todos terminan presos en su propia casa. La decisión del hijo pasa a convertirse en un problema familiar.

    Si conocéis a alguien en esta situación, un compañero, un amigo, vuestro hijo… pedid ayuda profesional. Cuanto antes se aborde, mayores posibilidades hay de éxito. Y no permitáis que el miedo os paralice y os nuble la mirada. Todas las personas pasamos épocas difíciles -esto forma parte de nuestro crecimiento- de las cuales podemos salir fortalecidos, porque el ser humano tiene potencialidades y recursos que se desarrollan ante la dificultad.

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